jueves, 7 de junio de 2012



Nos fundimos en un abrazo interminable, pero cuando busqué sus labios, Julian se retiró y bajó la mirada.
Cerré la puerta y, tomando a Julian de la mano, le guié hasta el dormitorio, nos tendimos en el lecho, abrazados en silencio. Atardecia y las sombras del piso ardían de púrpura.
Julian lloraba sobre mi pecho y sentí que me invadía un cansancio que escapaba a las palabras. Más tarde, caida la noche, nuestros labios se encontraron y al amparo de aquella oscuridad urgente nos desprendimos de aquellas ropas que olían a miedo y a muerte, exhaustos y quizá enfermos de desprecio, nos podíamos mirarnos a los ojos sin preguntarnos en quién nos habíamos convertido.

S.D.V